Berto Romero y la camisa de once barras

La Gran Escasez Metálica del siglo XV fue un hecho fundamental y todavía hoy muy poco estudiado que nos permite comprender los cambios acaecidos a lo largo de este convulso periodo.

Ante la consulta de un oyente, Berto Romero ofreció en La Ser el pasado 27 de febrero una clase magistral sobre un evento trascendente en la historiografía como fue la Gran Escasez Metálica.

A finales del siglo XIV, el sistema de producción feudal había llegado a un límite insostenible a causa del aumento de la población y la penuria de productos, entre ellos el hierro, utilizado en el desarrollo de enseres cotidianos y armamento, crisis que se agudizó en el siglo XV. En este contexto, Berto Romero comenta: «La camisa de once barras es un tipo de camisa que llevaban los herreros en el siglo XV. En aquella época el hierro era un material muy preciado. Costaba mucho encontrar hierro en el siglo XV, lo que se conoce como la Gran Escasez Metálica».

Este hecho ya había sido referido por el profesor Henry Kamen en su ensayo La crisis en la historia (1995), en donde describe el panorama de un periodo en continuo cambio. «Curiosamente», comenta Romero, «a diferencia de lo que cree mucha gente, forjas no escaseaban, había de sobra. Lo que escaseaba era el hierro».

Los herreros peregrinaban a minas abandonadas y otros territorios en un esfuerzo titánico por encontrar nuevas vetas de mineral. Los hallazgos de hematita (Fe2O3) o magnetita (Fe304) eran muy difíciles y enormemente apreciados. Con lo que, en el caso de localizarse, la urgencia por transportar el mineral a la forja, unida a los más que posibles enfrentamientos, hizo que se desarrollara una prenda que ayudó enormemente a estos artesanos.

«Muchos herreros lo que hacían cuando encontraban suficientes barras de metal… Porque el metal venía en barras, a la forja no venía una piedra, venía en barra», aclara Romero. «Y para el poco que había, desarrollaron unas camisas que llevaban once ganchos puestos».

Este tipo de prendas, parecidas a un peto con mangas y fabricadas con piezas de piel (normalmente de vaca) curtida y muy resistente, permitía colgar las barras de hierro mediante un sistema simple que fue evolucionando a lo largo de los años. La disposición de los once ganchos era distinta y adaptada a la morfología del herrero, pero existía un estándar del que dio precisos detalles Romero. «Dos ganchos delante, dos detrás, en cada brazo dos ganchos más, los otros tres colgaban aleatoriamente, con el objetivo de colgarse las barras».

Esta prenda, que facilitó el transporte rápido y seguro del hierro, entrañaba un gran desgaste que no todos los herreros eran capaces de asumir. «Era un trabajo incomodísimo y murieron muchos herreros, lo que se conoce como la Gran Mortandad de Herreros. Se encontraban herreros, muchos herreros, muertos de camino a la forja aplastados por el peso de las barras que llevaban encima, hasta que a alguien se le ocurrió inventar el carretillo».

El carretillo supuso una definitiva mejora en la vida de los herreros, que poco a poco vieron cómo el hierro volvía a aparecer en abundancia y las forjas abandonadas pudieron producir, de nuevo, objetos de todo tipo, desde armas de fuego (como mosquetes y cañones), pasando por ollas, sartenes, a las actuales y modernas lavadoras y teléfonos móviles que nos ayudan y permiten limpiar la ropa interior y estar actualizados en nuestro día a día.

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